Introducción a mi libro de crónica y viñetas sobre La Novena celeste

En 2019 odiaba el futbol. No sé si sería por el aumento de deberes en mi trabajo como profesor de prepa y la falta de tiempo para ver los partidos; no sé si sería por la mala gestión de Cruz Azul a partir de 2013, ya que la final del 2018 fue desabrida y rotundamente decepcionante; no sé si sería por mi sobreexposición al futbol llanero y profesional como reportero para Zócalo Saltillo allá en 2012… O quizá fue la suma de todo, pero no recuerdo nada épico ni emocionante para hacer memorable la Era Boing[1]. La Máquina jugó contra el Real Madrid de Cristiano Ronaldo en el Mundial de clubes 2014, pero sucedió antes del oscurantismo patrocinado por la marca de bebidas.

En esa época tan gris, el vínculo entre el club y yo estaba roto. Sin embargo, del odio al amor sólo hay un virus. El bicho que se haría famoso en el mundo cambiaría mi relación con Cruz Azul; pero no hablo del ídolo portugués, intérprete original del Siiiuuuu y antagonista de Messi por quince años, sino del SARS-CoV2 y todas sus variantes.

Previo a una reunión de padres en febrero, vi la primera noticia en YouTube relacionada con la enfermedad y fue en un canal que no conocía: Mandarín Lab. Una joven mujer con rasgos orientales resumía la nota en español y desde China, porque no les dejaban abandonar el país. Desde la comodidad de mi cama, juzgué el acontecimiento como algo fuera de mi alcance… Hasta que el 27 de febrero de 2020, según recuerda el Dr. Paco Moreno en Historias de una pandemia (2022), se informó oficialmente la presencia del primer caso de Covid-19 en México. Enseguida, el 11 de marzo del mismo año la Organización Mundial de la Salud clasificó el coronavirus como una pandemia, ya que afectó a tres de los seis continentes. A partir de este anuncio, vino una sucesión atropellada de eventos.

De acuerdo con El Economista, la junta de dueños en Asamblea Extraordinaria de la Liga MX acordó concluir anticipadamente el Clausura 2020 en sus ramas varonil y femenil. Los dos torneos de liga ya habían suspendido su actividad el 15 de marzo tras disputar la décima jornada. Trascendió que varios clubes no quisieron enfrentar ni viajar a la sede del Santos Laguna tras presentarse 12 positivos por coronavirus en las filas de los Guerreros. Para entonces Cruz Azul iba de líder en la competencia y Cabecita Rodríguez se enfilaba como máximo romperredes. La Máquina sólo sería víctima de otro chasco inédito, mofa que requería una calamidad de escala mundial para rematar el chiste: cancelaron el torneo.

Y, con tan mala suerte para nuestro club, que ni siquiera hubo campeón por su posición en la tabla.

Según datos del diario Récord, tuvieron que pasar 88 años y 114 torneos consecutivos para que el trono del futbol nacional se quedara vacante. El único precedente se remonta a la temporada 1930-1931, cancelada por la separación de los clubes España, Necaxa y América de la Federación Mexicana de Futbol.

A su vez, en un caso igual de insólito, la SEP suspendió clases un 20 de marzo de 2020 para 30 millones de jóvenes estudiantes, adelantando las vacaciones de Semana Santa hasta el 20 de abril. Después tuvo que alargarlas y dio inicio al Megapuente de Benito Juárez. Durante los primeros días del cese a la educación presencial todo fue risas y celebración entre mis alumnos de bachillerato. No anticipamos lo que duraría el encierro, tampoco el miedo ni la incertidumbre. Teníamos a hora y media de camino a la ciudad más famosa del país por un violento brote de la enfermedad. Monclova, Coahuila, fue llamada la Wuhan de México.

El Hospital General de Zona No. 7 del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) fue la zona cero, el epicentro, donde se contagiaron y murieron médicos, enfermeras y pacientes, quienes esparcieron el virus a toda la ciudad, informa el periódico El Siglo de Torreón. El Paciente Cero, que trajo el virus a Monclova, lo habría adquirido en Chicago, Estados Unidos, en un viaje de trabajo […] Se trataba de un operador de camiones de quinta rueda que llevó un cargamento a la unión americana, donde fue contagiado. El operador de tractocamiones, de 42 años y originario de Piedras Negras, ingresó el 15 de marzo de 2020 a la sala de urgencias con un cuadro respiratorio agudo diagnosticado como neumonía.

Fui afortunado. Soy consciente de mi privilegio como servidor público por haber sido trabajador “no esencial”, ya que se nos permitió dar clases vía remota desde nuestro domicilio; aun así, aunque fuera por voluntad propia, estuve en cautiverio. ¿De qué forma padecí el encierro sin perder la cordura durante casi dos años? Tuve un par de salvavidas para mantenerme en mis cabales: Cruz Azul y el dibujo. Bien lo dijo Eduardo Sacheri tiempo después para Exceso de humo, podcast de Christian Martinoli y Luis García: A veces, el futbol, el juego en general […] viene a cicatrizar heridas que nacen en otros sitios, viene a enderezar injusticias que se crean en otros lados. Más allá de la otra epidemia —cero títulos de liga para Cruz Azul desde 1997—, no había peor agonía para mí que la incertidumbre por culpa del coronavirus, sobre todo para alguien que se tomó las medidas de prevención muy en serio, en un afán de no abusar de su suerte como docente. Sin embargo, vaya idilio de tres temporadas que tuvimos con el club de La Noria. ¿Quién iba a adivinar que el once cementero nos daría espectáculo y aspiraciones de campeonato durante tres torneos consecutivos? ¿Quién creería que en un semestre la Máquina de Juan Reynoso nos daría salud mental durante la cuarentena y luego la cura para la subcampeonitis?

A lo largo de los meses en el claustro de mi domicilio, como una Sor Juana sin talento ni devoción por el estudio o la creación literaria, me dediqué a una faena que había olvidado por 15 años: dibujar. Todo 2020 fui un disciplinado autodidacta del grafito, el carboncillo, el color y sobre todo la tinta. Empecé dibujando conocidos de mis redes sociales, luego cumplí retos como el Inktober. Preocupado por mi bienestar y el de mi familia, no tuve cabeza para escribir ficción, leer o ponerme a estudiar —aunque por años pedí tiempo para hacer cada una de ellas—. Dar mis clases a distancia me mantuvo atento a la realidad de estudiantes y familias. Me comunicaba más por audios que por texto para dar prioridad a mi nuevo pasatiempo mientras los oía: hacer retratos, viñetas o cartones sobre futbol. No vi películas, series ni documentales como el resto de la humanidad. No me puse al corriente con Netflix ni su competencia. Apenas fijé mi atención en el papel y lápiz, me aficioné a los podcasts de YouTube y los partidos de Cruz Azul para llenar el silencio de la habitación donde hacía mis ilustraciones.

El club de La Noria fue conocido en México como el subcampeonísimo, pobre alarde del que queda en segundo lugar por la mínima diferencia. Incluso, cruzazulearla rebasó las fronteras del argot pambolero hacia otros campos lingüísticos. Ahora es de dominio público y sinónimo de perder en el último minuto. No es avalado por la RAE todavía, pero poco le falta. Varios curules americanistas, por ejemplo.

La etiqueta de frustrado ya tenía dueño. Por eso, la constante derrota y humillación forjaron la letra escarlata del aficionado cementero, marca a hierro candente sobre el perdedor más cercano a la meta. Seis ocasiones consecutivas fuimos señalados por la ignominia del acero —a cero títulos— y dos por el América. Fracaso tras fracaso en la última instancia, ¿qué nos queda por hacer? ¿Una apología del segundo lugar? David Foenkinos lo hizo en su novela Número dos: Puede que la vida humana se resuma en eso, en una incesante experimentación de la desilusión, para desembocar con más o menos suerte en la gestión del dolor.

Sus palabras no me dieron alivio ni esperanza alguna en un principio, pero me invitaron a perdonar a la Máquina y a escribir este libro con 35 capítulos y más de 60 cartones. Vaya que los fanáticos de corazón azul somos buenos administradores del desencanto. Tras obtener el añorado título de liga, mi gestión del sufrimiento celeste encontró cauce en un proyecto que comenzó de juego y acabó con más de cien páginas en un año de escritura. A fuerza de tanto perder finales y soportar la desilusión, la fe del cruzazulino se hizo recia y paciente. Incluyendo la mía para redactar esta suerte de ruta cabalística hacia la Novena, bitácora del campeón juego a juego y carta de reconciliación con el club para perdonar dos décadas de espera.

La cura estaba en la derrota, mía y suya. Bien lo sintetiza el futbolista Lorenzo Faravelli a La Nación: Para ganar, primero hay que perder. Perder es necesario. Perder no solo en el fútbol, en la vida. Los momentos en los que más crecí como ser humano fueron después de una crisis. Encontré soledad y crecimiento personal. Fue cuando más me conocí. En los momentos malos, en los fracasos […] Eso te da una fortaleza y le da otro valor al triunfo.

Como si fuera compensación por todas las tribulaciones pasadas, el conjunto celeste tuvo su más alto rendimiento en año y medio. En ese lapso dominó la Liga y Concachampions. Fui testigo de sus resultados y capturé desde el restirador su hazaña o fracaso en una caricatura. Hoy persiste el hábito de ilustrar cada juego[2]. La crónica, mentiría si no, la escribí más tarde con profundo placer y nostalgia. Paladeando el recuerdo con palabras de experiodista, parodiando la hazaña con mis trazos de monero principiante.

Este año es el bueno fue una expresión de la nación azul que pregonaba un optimismo desbordado, e injustificado para algunos, hasta que en 2021 se cumplió la cábala. Siempre se deseó el campeonato pese a las frustraciones pasadas; siempre hubo fe a pesar de la pandemia, ya sea de coronavirus o vitrinas vacías. De segundo a segundo por 23 años, Cruz Azul cultivó la fama de subcampeonísimo y de perder en el último minuto. Hacerle una remontada se volvió el mayor refrito del futbol nacional. Sin embargo, en el Clausura 2021 el club cementero por fin dejó de ser el número dos gracias a un equipo de leyenda.

Bendito futbol. Gracias a Juan Reynoso, Cabecita Rodríguez, Luis Romo, Ignacio Rivero y compañía, nos reconciliamos la Máquina celeste y yo. Pude sacar la tensión por estar atrapado en casa, pude distraerme de las fake news y su apocalipsis, pude celebrar un título en medio del caos, pude gritar de júbilo en tiempos de zozobra. Antes que la vacuna, Cruz Azul fue remedio para aliviar el desasosiego; fue un cantar de gesta con héroes de carne y hueso que planteó un horizonte más optimista. Ganar la Novena, medicina placebo de la angustia, nos alivió el corazón y profetizó el fin de un período terrible, tanto futbolístico como sanitario.

Miguel García, 2023.

Enlace a Azulado en cuarentena. Crónica de una novena anunciada (2023), libro de venta en Amazon y Kindle.

[1] Si usted no es aficionado a la Máquina, tal vez se le escape esta referencia; pero Boing fue el patrocinador oficial del club y su etapa como tal desde el Apertura 2015 hasta el Clausura 2017 fue bautizada por los fanáticos cementeros como la Era Boing. La marca de bebidas encabezó los patrocinios del equipo y su época estuvo marcada por malos resultados y jugadores adquiridos por un precio mayor. Bajo el mando del DT Paco Jémez, Cruz Azul volvió a su primera Liguilla en diciembre de 2017, cuando Boing ya no lucía su marca en el pecho de la casaca celeste. ¿Casualidad?


[2] Visita mi fanpage de Facebook “Azulado en cuarentena, cruzazuleadas y cosas peores”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Azulado en cuarentena

Atlas que sostiene a Cruz Azul rumbo a Semifinales